El ataque contra Irán es parte del esfuerzo de EE UU por invalidar la pretensión universalista de los valores democráticos

Cuando se vino abajo la URSS y se acabó la Guerra Fría, Estados Unidos quedó como la única gran superpotencia mundial. Según una lectura dominante entonces, la democracia liberal había triunfado sobre su último rival, el comunismo (el fascismo quedó derrotado en la Segunda Guerra Mundial). ...

Mientras la URSS existió, EE UU no dudó en apoyar dictaduras derechistas que contuvieran la amenaza comunista. Desparecida esta, los estadounidenses cambiaron su política exterior y apostaron por la extensión de la democracia en el mundo. De hecho, la década de 1990 registró el mayor número de transiciones democráticas de la historia. No se trataba solo de que hubiera más países afines, sino que, además, las sucesivas administraciones estadounidenses, tanto republicanas como demócratas, asumieron la tesis de la paz democrática, según la cual las democracias nunca entran en guerra entre sí, de manera que la mejor garantía para la paz mundial consistía en que tantos países como fuera posible tuvieran sistemas democráticos (era el viejo sueño kantiano de la paz perpetua).

En aquel mundo unipolar, Estados Unidos estableció las nuevas reglas de juego de la economía global. Fueron los años dorados del multilateralismo y las organizaciones internacionales. Por un momento, pareció posible construir un orden mundial en el que primaran la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional. Fue, de hecho, una ocasión única para superar las pesadas culpas que arrastraba Occidente por su pasado: las atrocidades del colonialismo y sus consecuencias de largo plazo, la hecatombe de las guerras mundiales, el fascismo europeo, el Holocausto. Si, después de todo ello, los países occidentales se sometían a las reglas que ellos mismos habían creado (democracia, derechos humanos, derecho internacional), tendrían una base sólida desde la que defender el cumplimiento de las mismas frente al resto de los países.