Los directivos pasan, pero las leyendas permanecen. Hay algo hermoso, fabricado con la materia prima de los milagros laicos, en torno a ese destartalado estadio de Vallecas

No es el mejor momento del Rayo Vallecano. Sus jugadores y cuerpo técnico difundieron recientemente un comunicado quejándose del campo, que “no reúne las condiciones mínimas exigibles para disputar un partido de la máxima categoría”, y de las

afe-sobre-el-campo-del-rayo-el-estadio-y-la-ciudad-deportiva-son-peligrosos-la-liga-ya-sabia-lo-que-habia.html" data-link-track-dtm="">deficientes instalaciones, donde algunos días, aseguran, ni siquiera hay agua caliente en las duchas. La afición dedica a su presidente, Raúl Martín Presa, una pitada ensordecedora en el minuto 13 de cada partido para que el empresario que en 2011 compró el club por menos de lo que cuesta el alquiler mensual de un piso en Madrid (961 euros por el 98,6% de las acciones, asumiendo su deuda), se vaya. Pero hay algo hermoso, fabricado con la materia prima de los milagros laicos, en torno a ese estadio destartalado. Son las niñas de seis años que cantan a pleno pulmón las canciones del Rayo en las gradas de Vallecas; y esos padres que, pudiendo hacer a sus hijas del Madrid o del Atleti, las embrujaron con el equipo del barrio por el mismo motivo por el que compran los libros de texto al librero de la esquina y la fruta al frutero que les llama por su nombre. Mientras el Bernabéu se llena de turistas que por la mañana han ido al museo del Prado y por la tarde quieren visitar la nave de los galácticos, cientos de familias cruzan la calle cada dos semanas para comulgar con sus vecinos después del trabajo.