La Asociación del Fútbol Argentino paraliza la actividad deportiva, en rechazo a una investigación judicial centrada en su presidente, Claudio Tapia, e impulsada por el Gobierno ultra

Aunque “la pelota no se mancha”, como dijo alguna vez Diego Maradona, sí puede dejar de rodar. Frente a tribunas vacías y estadios mudos, sobre el césped inmaculado, este fin de semana el balón permanecerá estático, esperando un silbatazo que no se escuchará en los campos del fútbol de Argentina. En la tierra de la vigente selección campeona del mundo, desde el jueves y hasta el domingo rige una huelga organizada por la propia Asociación del Fútbol Argentino (AFA). La medida fue convocada “en repudio” a una investigación judicial por presuntas irregularidades en el manejo de los recursos de los clubes: la denuncia es impulsada por el Gobierno de Javier Milei y alcanza a los máximos dirigentes de la entidad. La malla que enreda al balón no es la ansiada del arco o portería, sino una tensa red tejida por disputas políticas, intereses económicos y revanchas personales.

El paro alcanza a todas las categorías del fútbol argentino y ha despertado amplio malestar entre espectadores y fanáticos, en un país donde el correr de la pelota parece ubicuo e incesante. “Las huelgas en el fútbol siempre fueron porque no les pagaban a los jugadores o cuando había violencia, ¡esto que hacen ahora es cualquier cosa!”, se enoja Marcelo, un repartidor de 39 años que recorre Buenos Aires con la camiseta roja de Independiente como uniforme.