El arquitecto británico, pese a las críticas sobre su encaje y sostenibilidad, reinventa el concepto de rascacielos con 270 Park Avenue, un edificio para el banco, que recupera la memoria de Manhattan

La línea del horizonte de Manhattan (Nueva York) tiene un nuevo coloso. Es alto (423 metros), luce piel morena (como tostada por el sol) y se yergue (232.000 metros cuadrados) elegante. 270 Park Avenue, la sede del banco de inversiones JP Morgan Chase diseñada por Norman Foster, ahora domina el Midtown. El centro de la ciudad. La torre anterior, demolida, albergaba las oficinas de la compañía química Union Carbide. Construida en 1961 por el estudio SOM, en concreto por la proyectista Natalie Griffin de Blois (1921-2013), representaba el estándar de la arquitectura corporativa estadounidense de aquellas décadas. Una monótona, y banal, repetición de acero y cristal en altura. 270 es hoy el sexto rascacielos más alto de Nueva York. Norman Foster y su equipo ganaron en 2018 el concurso para diseñar las oficinas centrales del banco. Desde su inauguración, a finales de 2025, ha tenido una acogida desigual: quienes advierten la maravilla y quienes dudan de su sostenibilidad y el encaje sobre el horizonte. Algo inédito en la trayectoria del, quizá, arquitecto más trascendente de los últimos 60 años.