La nueva reordenación de la colección contemporánea del museo promete accesibilidad y dinamismo, pero convierte medio siglo de arte español en un álbum de cromos sin conflicto
Era una reordenación esperada que, visto el resultado, marca un indudable cambio de ciclo. La nueva presentación de las colecciones del Museo Reina Sofía liquida los tres lustros de
nk-track-dtm="">Manuel Borja-Villel al frente del museo, una etapa que lo situó en un circuito internacional de debate y cultura crítica. Hoy, ese largo período parece evaporarse bajo el soplete simbólico de Manuel Segade, director desde 2023. La distancia con la etapa anterior no es menor: revela concepciones casi opuestas del tiempo en la conciencia cultural, de la forma de pensar las genealogías del arte y de la manera misma en que las obras se muestran y adquieren sentido. La apuesta de Segade delata la persistente adolescencia de la institución, no la madurez que llegó a conquistar. De ahí que esta colección parezca ahora un mero soporte comunicativo de valores inscritos en una escala temporal y territorial rígida: una narración inmovilizada allí donde antes había conflicto y pensamiento.
El despliegue de 403 obras aparece recortado en una suerte de soledad programática, como un álbum de cromos, por más que la nota de prensa postule que el nuevo relato “ayuda a comprender el presente como una construcción colectiva: el espacio democrático fraguado desde el inicio de la Transición hasta hoy”. A ese medio siglo de arte español concebido como aura autosuficiente se añade la promesa de un recorrido “más accesible, dinámico y didáctico”, que pondrá “al visitante en el centro de la experiencia”. A veces las declaraciones de entusiasmo se parecen demasiado a las de pánico.






