Todo lo público falló en el derrumbe que causó la muerte de seis jóvenes; la lucha entre administraciones ya ha empezado

Todos los que nacimos en costas bellísimas, pero bravas y escarpadas, tenemos seguramente algún muerto entre las rocas. En esos acantilados de Santander donde estos días han fallecido seis personas murió un buen amigo de la niñez, Javi Lastra, pura sonrisa perdida entre las olas. No fue el único. El paseo junto al faro de cabo Mayor deja otros monolitos de recuerdos aciagos de una zona peligrosa, especial, ansiada por muchos que han arriesgado y perdido....

A menudo camino por ahí. Lo hacemos todos los amantes de unas playas escondidas entre rocas que no están en la órbita del turismo y que por eso mantienen la atracción de lo oculto, lo salvaje, el prado mezclado con la roca y con el mar. También mis hijos han caminado conmigo por esa pasarela letal.

Por ello, la muerte de estos seis veinteañeros que celebraban el fin de curso duele demasiado. Se pudo evitar. Ellos no hacían deporte de riesgo, solo caminaban por una senda conocida y oficial.

No sabemos cuántos valencianos pudieron salvarse en la dana si la autoridad no hubiera estado entretenida en El Ventorro, sino ordenando las alertas que hubieran recortado el desastre. Pero sí sabemos cuántos pudieron salvarse en la pasarela letal de Santander si lo público hubiera funcionado: el 100%. Los seis.