La autopromoción, un proceso lleno de trabas administrativas y cuyos plazos se pueden alargar hasta cuatro años, permite ahorros que parten del 10%
La crisis de acceso a la vivienda ha animado la autopromoción. La escasez de oferta nueva y los precios por las nubes, junto a la opción del teletrabajo, los divorcios y las jubilaciones son algunos de los motivos por los que cada vez más particulares se lanzan a promover su propia vivienda. Las redes sociales han sido un gran altavoz, con decenas de influencers del ladrillo que cuentan las bondades de esta forma de edificar en la que el dueño se convierte en promotor y, a veces, hasta en constructor.
Cada vez son más los que se embarcan en esta aventura “movidos por el placer de diseñarla a medida”, señala Blanca Alonso, directora de nuevos desarrollos del estudio de arquitectura Ábaton. Aseguran haber duplicado este perfil de cliente. “Muchos vienen porque ven en redes sociales referencias visuales rápidas que les atraen”.
Pero es el ahorro —sobre todo porque se prescinde de la partida presupuestaria del promotor — una de las cuestiones con mayor peso. En Ábaton calculan que la rebaja con respecto a la promoción tradicional ronda el 10%. Hay que tener en cuenta que el coste de construcción ha subido de forma significativa en los últimos años, tanto por el encarecimiento de materiales como de mano de obra, y eso ha ajustado algo los márgenes. En el estudio barcelonés de Rardo Architects elevan la rebaja hasta el 25%. Su director, Gerardo Van Waalwijk, estima un aumento del 30% de las consultas, aunque avisa: “No es para todo el mundo. Es un proceso que puede alargarse hasta cuatro años”. Su cliente mayoritario es internacional y se interesa por la costa catalana. “Con independencia del precio de la parcela, que puede variar muchísimo, construir le supone un coste de 3.000 euros por metro cuadrado en adelante”.






