Añoro cuando EE UU se esforzó en justificar la invasión de Irak, con un afán de legalidad tan embustero como imperioso

La nostalgia ya no es lo que era. Así tituló su libro de memorias la gran Simone Signoret, que sin duda tenía material para nostalgias de primera clase, desde el amor con Yves Montand hasta su participación en algunas de las mejores películas del cine francés, desde los años treinta hasta aqu...

ella obra maestra de Jean-Pierre Melville de los últimos sesenta, El ejército de las sombras, donde Signoret era una serena heroína de la Resistencia. La intensidad de la nostalgia no depende del mérito objetivo de lo añorado, así que lo mismo puede suscitarla una pasión estremecedora que el olor escolar de los lápices o la tiza. En mi caso, noto señales alarmantes de nostalgia por cosas de muy poco valor, un empobrecimiento que tal vez se corresponda con el de lo que se espera del mañana. La expectativa podría ser una nostalgia no del pasado sino del porvenir. De hecho, las épocas de mayores expectativas son aquellas de la primera juventud en las que uno acumula tan poco material del pasado que no ha tenido tiempo de añorarlo.

Como tengo una imaginación fatalmente retrospectiva, a esa edad yo ya cultivaba unas cuantas nostalgias precoces, pero, aun así, el campo de mis expectativas era de una amplitud cartográfica: me moría de impaciencia por tener tan solo dos años más, por irme a Madrid, por hacerme reportero internacional, por escribir obras teatrales que estarían entre Valle-Inclán y Brecht, por derribar al franquismo, por participar en la revolución política y en la revolución sexual. Y, como esas expectativas eran tan poderosas, a veces jugaba en serio a estar ya viviendo en el futuro. Mucho antes de irme a Madrid, ya escribía cartas imaginarias a mis amigos de Úbeda, hasta con un cierto hastío elegante, hablándoles de mis aventuras en la clandestinidad y del desengaño de un colectivismo erótico que ya se me estaría volviendo fatigoso. Y también aprovechaba mi máquina de escribir para redactar no ya mis quiméricas obras teatrales, sino las reseñas que publicarían de ellas los periódicos internacionales cuando se hubieran estrenado en París o Nueva York.