Esta zona al sur de la ciudad brasileña es un remanso de paz frente a las siempre concurridas Ipanema y Copacabana. Está nutrida de casas históricas y sitios para comer y tiene las mejores vistas a la sombra del Pão de Açúcar
Tras bordear el kilométrico paseo que une Leblon con Ipanema y el malecón de Copacabana, famoso en el mundo entero por las baldosas zigzagueantes en blanco y negro que remodeló Roberto Burle Marx en los años setenta, aterrizar en el pausado barrio de Urca se siente casi como un espejismo entre el ajetreo y la v...
ida a pie de calle de los que gozan las playas de Río de Janeiro. Un reducto residencial al sur de la ciudad brasileña que seduce a su clase alta con alma bohemia, y que coloniza el encuentro entre la bahía de Guanabara y el océano Atlántico. Este es ese tipo de lugares que permite dejar el uniforme de viajero para meterse de lleno en la vida de un local, sintiendo su rutina desde primera hora de la mañana.
Emular a los lugareños con una sesión de jogging por su calzada de piedra durante los primeros rayos de sol es una forma de integrarse en el compás de esta población que araña los 7.000 habitantes, un lugar con más alma de pueblo que de gran ciudad. El ruido de los camiones que abastecen a los contados comercios de la zona se funde con el entrenamiento mañanero del cuerpo de bomberos en la playa de Urca, cuyas modestas dimensiones contrastan con la inagotable arena fina de Ipanema. Un remanso de tranquilidad ajeno a la criminalidad que se atribuye a otras franjas costeras de la ciudad, y que incita a familias y pensionistas cada fin de semana a posar su toalla con miras a la bahía y la estatua de Cristo Redentor, entre un partido improvisado de voleibol, el puesto de aperitivos y caipirinhas o las salidas en kayak de la escuela náutica.






