La salida del consejero de Educación de Ayuso deja al descubierto un proceder errático y sin rumbo
La negociación había sido un éxito. Los sindicalistas y el consejero de Isabel Díaz Ayuso habían logrado entenderse y en breve firmarían el acuerdo para rebajar las horas lectivas de los profesores. Era 2024. A ojos de los educadores, Emilio Viciana, el consejero de Educación, era un hombre de mejor talante que su antecesor, al que tenían por alguien dogmático e intransigente. En cambio, él era un técnico, un hombre cabal de trato muy correcto. “Estábamos contentos. Durante la crisis económica de 2008-2011 se subieron las horas a los profesores y ahora volvíamos al punto inicial”, recuerda una persona involucrada en esas negociaciones. Esas fueron las horas de mayor credibilidad de Viciana c...
omo político y como gestor.
Sin embargo, el acuerdo se cayó. No había dinero, dijo la consejera de Hacienda, Rocío Albert. Aquellas semanas de conversaciones no habían servido para nada. Los sindicatos leyeron el repliegue de la Comunidad de Madrid como una forma de desautorizar al consejero, que prometió algo y a la hora de la verdad tuvo que echarse atrás. Su credibilidad quedó en entredicho. Pasó a ser lo que en términos políticos se conoce como un lame duck, pato cojo, alguien al que se da por amortizado. “Viciana parecía un alma en pena”, cuenta la misma fuente. El resto de su gestión estuvo marcado por otras negociaciones que no fueron a ninguna parte, caos administrativo y un distanciamiento cada vez más grande con la presidenta que culminó con su cese, hace 15 días. Su tiempo no ha sido precisamente pacífico.






