Algunos campeones, como Simon Yates, Miguel Indurain o Tom Dumoulin, se marchan cuando nadie lo espera, y otros se quedan más allá de lo razonable

Los ciclistas de otros tiempos, la mayoría proletarios buscando huir del hambre, solían decir que más duros eran el campo o el andamio. La generación actual, más hija de clases acomodadas, ladearía la cabeza apostillando: lo dudo. Probablemente, ahora no hablarían de dureza física, de dolor bruto, sino del precio que pagan por formar parte del pelotón. Las exigencias y objetivos en los equipos actuales los mantienen permanentemente bajo escrutinio y control de nutricionistas, técnicos, biomecánicos, entrenadores, psicólogos, o ingenieros... La intimidad es un mito; su sueño, ingestas, necesidades fisiológicas, relaciones sexuales y compañías están supervisadas;

rio/1998/06/15/cultura/897861602_850215.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/diario/1998/06/15/cultura/897861602_850215.html" data-link-track-dtm=""> es “el show de Truman” dando pedales.

Pocos lo ilustran mejor que Tadej Pogacar, el número uno, al que los aficionados siguen en bicicleta por la Costa Blanca, que se gana dedos de honor de los globeros a los que no satisface con la velocidad del rayo cuando le exigen un selfi, una conversación o un autógrafo. El esloveno ha decidido entrenarse a partir de ahora acompañado de un motorista que mantenga a raya a los pesados. O Jonas Vingegaard. Ciclista sensible, entregado y amante de lo íntimo, el danés ha superado varios periodos de agobio, al punto de la depresión: tras el Tour de 2022, su fama le impedía salir por Copenhague; el malestar volvió el invierno pasado, cuando las repetidas concentraciones y controles del Visma le alejaban de lo que más necesita, su familia. Este enero eligió Málaga para recuperar, con su mujer e hijos, el ritmo de los ciclistas de antes, que comían y dormían en casa. Pero ni allí encontró sosiego. El lunes 26 de enero, subiendo a Fuente de la Reina, se sintió tan acosado por los globeros al acecho de figuras para desafiarlos, que se cayó en un descenso. A Vingegaard le mantiene en el pelotón una motivación y ambición inquebrantables. Pero todo tiene un final.