El Capitolio se disponía a votar la semana que viene una resolución para impedir al presidente atacar unilateralmente a Irán

Washington dormía cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó un ataque conjunto con Israel contra Irán −con el objetivo de forzar un “cambio de régimen”− y metió de nuevo al país en una guerra para la que no obtuvo, ni siquiera buscó, el permiso del Congreso. O la simpatía de la opinión pública.

Tampoco lo hizo el pasado mes de junio, cuando el ejército bombardeó tres instalaciones de enriquecimiento y almacenamiento de uranio del programa nuclear iraní. Ni cuando el 3 de enero Estados Unidos capturó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, en Caracas.

En la campaña electoral que lo devolvió a la Casa Blanca, Trump insistió en que con él se acabarían las aventuras bélicas en el extranjero. Trece meses después del comienzo de su segundo mandato, parece claro que, o bien el candidato mentía, o bien el presidente ha decidido traicionar esa promesa de nuevo, pocas semanas después de alumbrar algo llamado Junta de la Paz que nació con el concurso de 27 países y el objetivo teórico de resolver conflictos, justo a tiempo para inaugurar un nuevo tiempo de guerra.