La formación estructurada reemplaza al aprendizaje autodidacta en oficios como el tatuaje y la música electrónica, aunque consolidarse sigue siendo el verdadero desafío
A las nueve de la mañana, Iván Pelegrin ya está en su estudio de Majadahonda. Prepara la mesa, coloca las agujas y las tintas, imprime el diseño aprobado días antes y se toma un café rápido antes de empezar. Sobre las diez entra la persona que va a tatuarse, y 20 minutos después, con todo listo, la máquina empieza a sonar. Trabajan casi del tirón, con apenas una pausa breve para comer algo. A las seis de la tarde, fotos del resultado, instrucciones detalladas de curación y fin de la jornada. No hay nada improvisado en ese horario.
Hace 14 años, cuando él empezó, el camino hasta esa mesa no estaba marcado por calendarios de entregas ni por mentores online. “Era una lotería. O conseguías que un estudio te aceptara como aprendiz —y dependía totalmente de las ganas reales que tuvieran de enseñarte— o aprendías a base de fallo y error. Todo era muy autodidacta”, recuerda. A veces significaba limpiar, montar cabinas y preparar material durante semanas con la esperanza de que, en algún momento, te dejaran tatuar. En otros casos, pagar por pasar un mes dentro del estudio, observando cómo trabajaban otros, sin una estructura clara detrás.






