Bangkok trata de reeducar el paladar de la población para combatir las enfermedades asociadas a la alimentación y el estilo de vida. La diabetes tipo 2 y las patologías cardiovasculares se han convertido en una de las principales cargas del sistema nacional

Un hilo espeso de té negro aromático recién infusionado cae por el colador. En el fondo del vaso esperan un generoso chorro de leche condensada y varias cucharadas de azúcar, que se mezclan con el líquido humeante hasta adquirir un característico tono naranja brillante. Se añade hielo picado, se agita con rapidez y se corona con un poco de leche evaporada. El cha yen, la bebida más icónica de Tailandia, que se vende en restaurantes, cafeterías y en los miles de puestecillos que salpican las calles del país, es uno de los remedios favoritos de sus 71 millones de habitantes para combatir el calor tropical.

En una nación en la que los termómetros rara vez dan tregua, el gesto cotidiano de pedir una bebida fría se repite millones de veces al día. Pero en Tailandia, pedir un té o un café helado implica, casi inevitablemente, aceptar una dosis muy generosa de azúcar. Y es precisamente en esa rutina aparentemente inocua donde el Gobierno ha decidido intervenir.