Mamoru Hosoda, uno de los grandes de la animación en Japón, siempre ha gozado de una imaginación desbordante
Un lugar donde confluyen la vida y la muerte. Donde no existe el tiempo. Ni el presente, ni el pasado, ni el futuro. El cineasta japonés Mamoru Hosoda, de 58 años, uno de los grandes de la animación de su país desde hace algo más de década y media, siempre ha gozado de una imaginación desbordante que nunca se sabe bien de dónde parte: si su origen está en las imágenes, para luego llevarlas a conceptos abstractos, o si nace precisamente en esas tesituras tan complejas y trascendentes, ...
para posteriormente envolverlas en figuraciones impactantes. En Scarlet, su nueva y excelente película, ha pergeñado este lugar más allá de cualquier convención. Y lo ha rodeado de su habitual fusión de géneros y tonos: el romance, la fantasía y la aventura, con evidentes ecos shakesperianos, y un precioso antibelicismo de corte utópico.
Ante Scarlet, se sea o no admirador del anime japonés, o incluso especialista o simple lego que por fin se acerca al cine para admirar en pantalla grande lo que, en todo caso, se ha vislumbrado a través de una televisión, se tiene en todo momento una impresión de película no solo hermosa sino también importante. Hosoda lega un puñado de imágenes memorables que perdurarán en la retina del espectador, junto con un cúmulo de referencias occidentales y orientales que mezclan bien en al armazón ético del director, también guionista en solitario.






