La reiterada y contundente negativa del anterior Pontífice a visitar España ahondó la crisis de la Iglesia católica nacional
Antaño, cuando un obispo llegaba a tomar posesión de una diócesis, previo consentimiento del caudillo Francisco Franco, acudían a recibirlo a la frontera provincial el gobernador civil y el resto de las autoridades regionales. Eso se acabó hace décadas, con el declive del llamado nacionalcatolicismo. Los jerarcas actuales asumen resignados que sin Papa no hay multitudes ni entusiasmo. Por eso, su regocijo porque, por fin, viene a visitarles el Pontífice romano.
Se escribe desde hace unos pocos meses que se aprecian brotes verdes en el catolicismo español. Las encuestas y los expertos lo desmienten. La sociedad española es una de las más secularizadas de Europa. Eso explica la escasa influencia y autoridad moral del episcopado. Es cierto que pervive una religiosidad popular muy arraigada, encarnada sobremanera en movimientos y organizaciones como Emaús, Effetá, Hakuna o la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), además de las procesiones de Semana Santa y miles de romerías ante los santuarios marianos. Pero, una duda metódica: los 15.000 nazarenos de la madrugá de Sevilla ¿son católicos convencidos, o fans del folclore tradicional? Tomo la interrogación de uno de los mejores observadores en la materia, el teólogo José Manuel Vidal, director del portal católico Religión Digital.







