La caída del Mencho supone el fin de una política de no agresión que era en la práctica una abdicación de la autoridad del Estado

La muerte de Nemesio Oseguera, El Mencho, en una operación de las fuerzas de seguridad no es un episodio más en la larga y dolorosa guerra contra el narcotráfico en México. Es un parteaguas. Con la caída de quien fue durante años el criminal más buscado del país, México envía un mensaje inequívoco: el Estado ha decidido ejercer su fuerza sin ambigüedades. La era de los eufemismos ha terminado. El país entierra, con hechos y no con discursos, la política de “abrazos, no balazos” del expresidente Andrés Manuel López Obrador.

Durante demasiado tiempo, la estrategia de seguridad se movió en una zona gris entre la contención y la renuncia. Se sabía dónde estaba El Mencho. Se conocían sus movimientos, su red, sus refugios. Pero nadie cruzó la última línea. El coste político, el riesgo de violencia y el temor a una escalada parecían suficientes para posponer la decisión. Esa postergación tuvo un precio: territorios sometidos, comunidades extorsionadas, instituciones desafiadas.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por otra vía. Y lo ha hecho desde el inicio de su mandato, marcando una diferencia clara respecto a su antecesor. La estrategia encabezada por el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, ha privilegiado la inteligencia, la coordinación operativa y, llegado el momento, el uso decidido de la fuerza pública. El fin del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación es el símbolo más visible de ese giro.