El reestreno, ahora en abierto, de ‘Anatomía de un instante’ no es solo un evento televisivo; es una exhumación necesaria

Hay fechas que no son tiempo, sino costra. El 23 de febrero de 1981 es, para España, una cicatriz que todavía palpita cuando cambia el tercio político o se enfría la memoria. Por eso, este reestreno, ahora en abierto, de Anatomía de un instante no es solo un evento televisivo; es una exhumación necesaria. Adaptar la catedral literaria de Javier Cercas era un reto suicida —el de convertir un ensayo obsesivo en narrativa visual—, pero el resultado se ha alzado, por derecho propio, como una de las series del año pasado.

La sagacidad de José Manuel Lorenzo, el productor que ha sabido leer el mapa de nuestra historia reciente, reside en no haber buscado el panfleto ni la hagiografía. Lorenzo entendió que el “instante” de Cercas no era un solo segundo, sino un caleidoscopio de soledades: la de Suárez, la de Gutiérrez Mellado, la de Carrillo.

En estos días de confrontaciones líquidas y distancias que se pretenden insalvables, la serie actúa como un espejo de contraste. Nos devuelve el reflejo de una generación que, lejos de la pureza ideológica, eligió el territorio del acuerdo. Se aprecian aquí los esfuerzos y, sobre todo, las renuncias de quienes decidieron que el futuro valía más que sus diferencias y su propio rencor, permitiendo que España dejara atrás la sombra para caminar hacia sus mejores tiempos.