La lectura de la inscripción del Arco del Triunfo de Madrid basta para saber que no es una puerta de acceso a la ciudad

Todavía hoy, quienquiera que por vez primera haga su ingreso en la capital de España procedente del noroeste de la Península es recibido por un imponente monumento en forma de arco rematado por una soberbia cuadriga. Normalmente, no prestará atención a la inscripción situada sobre su entablamiento, desde el momento en que se sirve de una lengua muerta. No cabe, sin embargo, excluir que quien así se acerca a Madrid sea alguien con alguna cultura, la suficiente para advertir que esa lengua es el latín, cuya epigrafía además algo conoce. A nuestros efectos conviene imaginar que la historia de España no es su fuerte.

La lectura de la inscripción bastará a nuestro visitante para saber que el monumento en cuestión no es puerta de acceso a la ciudad sino arco de triunfo. Advierte así que este se erige en conmemoración de una victoria militar, aparentemente librada en ese mismo lugar: “A los ejércitos aquí victoriosos” (armis hic victricibus). No consta de qué victoria se trata, pero sí el oferente o donante del monumento (D.D.D., que sabe leer como dat dicat dedicat). Le resulta extraño que no sea este persona, institución o colectivo, sino atributo de la especie humana, la inteligencia, designada sencillamente con el nominativo mens. Igualmente, le intriga que dicha inteligencia se declare “por siempre victoriosa” (iugiter victura). Nuestro visitante prefiere con esto dejarlo aquí para retirarse a su alojamiento en la ciudad y, a falta de ocupación mejor, dedicar el resto del día a indagar con auxilio de su dispositivo electrónico.