Luis Ortega I Adamuz (Córdoba), (EFE).- Durante la noche del pasado 18 de enero todo cambió para el pequeño pueblo de Adamuz (Córdoba), un municipio olivarero de poco más de 4.000 habitantes que se convirtió en protagonista involuntario de una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia de España que se ha cobrado 46 muertos y centenares de heridos, un día de pesadilla que nunca podrán olvidar.

Un mes después del suceso, Adamuz trata de recuperar una aparente normalidad que les devuelva a la tranquilidad del día a día, a las rutinas de unas vidas golpeadas por la tragedia ajena pero que vivieron como propia. Y es que, desgraciademente, este pueblo cordobés siempre estará ligado a las páginas negras del país, algo que sus habitantes asumen con resignación.

«Ojalá se nos conociera por nuestro aceite y no por este accidente», afirma a EFE resignado Ángel María Montero, propietario del mesón de Los Monteros que en la noche del suceso no paró de servir bocadillos a todos los heridos, familiares y voluntarios que necesitaban llevarse algo a la boca para soportar las horas de incertidumbre que se cernían ante el incesante goteo de fallecidos que se iban conociendo poco a poco.

Ahora «la cosa parece más tranquila, pero esto es difícil». Las conversaciones cada día en el mesón entre café y tostadas giran en asuntos banales, pero «nunca se olvida lo que pasó». «Parece con esto de las lluvias la gente está hablando de otras cosas», señala Montero, aunque la presencia diaria de los técnicos que trabajan en la recuperación de las vías les devuelve a la cruda realidad.