La inseguridad o la presión de proyectar nuestra mejor versión pueden causar agotamiento mental incluso cuando un primer encuentro ha sido positivo. Evitar forzar la situación y mostrarse con naturalidad ayudan a esquivar esta emoción que se ha intensificado con la inmediatez de las ‘apps’

Volver a casa después de una primera cita debería ser, al menos si ha ido bien, un momento alegre, incluso de euforia. Podríamos aprovechar para repasar las risas, la conversación o los pequeños indicios que nos han dado esperanzas de que

tps://elpais.com/estilo-de-vida/2026-02-11/que-futuro-le-espera-al-amor.html" data-link-track-dtm="">algo, quizá, puede empezar. Sin embargo, para muchos ese regreso a casa se parece más a una bajada brusca de energía. Notan su cuerpo cansado, la cabeza a cien por hora y la sensación de haber corrido una maratón descalzos en contra del viento. “Recuerdo una primera cita que, objetivamente, fue bien. Hubo conversación, risas, interés mutuo. Nada falló”, comparte Raquel. Pero desde el inicio algo no terminaba de fluir; asegura que no consiguió relajarse en ningún momento: “Mientras hablábamos de camino al bar, mi mente no estaba del todo ahí, sino pensando en qué estaría pensando él de mí. Era como estar ahí y, a la vez, contenerme. Presente, pero vigilante. Sosteniendo una versión de mí que funcionaba, pero que no era del todo cómoda”.