El secuestro y violación de una mujer marroquí durante 22 meses por un español apenas encuentra eco en las plataformas digitales

Se llama Alberto Sánchez, pero lo conocen como El Coletas o El Indio, aunque es español de pura cepa. Todo el mundo —y se supone que la Policía también— sabía a qué se dedicaba, dónde vivía y qué carácter gastaba el tal Alberto; también que su negocio era la venta de droga y que desde hace tiempo salía con una mujer marroquí llamada Salma, a la que hace casi dos años se la dejó de ver por San José de la Vega, una pedanía murciana de unos 2.100 habitantes. Nadie se extrañó, nadie la buscó, ni siquiera en aquella ocasión en que Salma, acompañada o más bien vigilada por una amiga de su novio, acudió a un hospital con signos evidentes de haber sufrido maltrato. Teniendo en cuenta estos datos, no hay que elucubrar mucho para imaginar cuál habría sido el destino de Salma si no hubiera logrado escapar —sola, sin ayuda y malherida— de la casa de campo donde desde hacía 22 meses Alberto la mantenía secuestrada, maniatada, violada.

El relato de su sufrimiento está contado aquí por mis compañeras Virginia Vadillo y Juana Viúdez a partir de los datos ofrecidos por la Policía y por la propia víctima. El cuerpo herido de Salma se ha convertido en su mejor escrito de acusación y su huida a la desesperada —el pasado día 10, durante un descuido de su secuestrador— la última posibilidad de seguir con vida. Pero si todos los crímenes machistas dejan en el aire muchas preguntas sin resolver, la historia de Salma nos invita además a una reflexión profunda. La primera cuestión sería: ¿qué hubiera pasado si, en vez de una mujer marroquí, la que desaparece de pronto en un pueblo tan pequeño hubiese sido una mujer española? ¿Los vecinos y la Policía hubiesen mirado para otro lado, como parece claro que sucedió aquí, o tal vez la habrían buscado? El segundo asunto que merece una reflexión tiene que ver con el epígrafe de esta columna —Red de Redes— y la pregunta casi se contesta sola: