La firma de Daniel Arizmendi, a quien se le atribuye el rapto de 200 personas, era cercenar un pedazo de oreja de sus víctimas para pedir un rescate a su familia. Una jueza lo ha absuelto esta semana de uno de los casos en su contra
“Oiga, ¿Puedo ver sus orejas?”, preguntaba el periodista Javier Alatorre a Daniel Arizmendi en una entrevista televisiva en 1998. Este, con ayuda de sus manos, levantó su melena despeinada y dispareja, para descubrirlas y mostrárselas a la cámara. Giró primero a la derecha y después a la izquierda. ...
— ¿No le daría miedo que le cortaran las orejas con una tijera para despiezar pollos?, continuó Alatorre con su cuestionamiento.
— Mmm... —Arizmendi lo pensó por unos segundos, con un temple frío en su rostro—. De saber lo que he hecho, si fuera por venganza, no, señor—, respondió sin inmutarse.
La detención la madrugada del 17 de agosto de 1998 de Daniel Arizmendi, alias El Mochaorejas, y de algunos integrantes de su banda, cerraba una de las páginas más macabras de la historia del crimen en México durante la década de los noventa. El sanguinario y despiadado secuestrador, a quien se le atribuían al menos 200 raptos y cuyo modus operandi era cercenar orejas y dedos de sus víctimas, no mostró ningún tipo de remordimiento durante su aprehensión al ser cuestionado por la prensa en ese entonces. “El día de ayer fue de mala suerte para mí. Me detuvieron. Eso es todo”, se limitó a afirmar indiferente.






