Lo que se lleva estos días es una reñida competición para ver quién es más duro con las mujeres que —más o menos obligadas o sometidas— usan estas prendas
Ya no se trata de prohibir el burka o el niqab. Ni siquiera de regular su uso en el espacio público. Lo que se lleva estos días es una reñida competición para ver quién es más duro con las mujeres que —más o menos obligadas, más o menos sometidas— tienen que utilizar estas prendas de ropa si quieren salir de sus casas. Con su propuesta de prohibición, Vox ha fijado el marco —la extrema derecha siempre hac...
e bien estas cosas— y el resto de partidos se están viendo obligados a posicionarse. Y, claro está, si la pregunta que toca responder es si a uno le gusta ver a mujeres con el rostro tapado en 2026, obviamente la respuesta es que no.
En los últimos 15 años ningún sitio como Cataluña ha tenido debates tan apasionados —y a la vez tan estériles— sobre el burka y el niqab, por más que el número de mujeres musulmanas que lo utilizan sea residual. En una comunidad con apenas un 7% de personas de religión islámica el coto lo levantó la ciudad de Lleida en 2010, con el socialista Àngel Rosa al frente, al aprobar una normativa para prohibir estas prendas en espacios municipales. Rápidamente, otras ciudades catalanas de otros partidos políticos se sumaron a la iniciativa. El Tribunal Supremo lo cortó de raíz en 2013 recordando que los ayuntamientos no son competentes para legislar dicha materia. Luego ha habido otros ensayos con mociones en el Parlament y todo tipo de polémicas de escaso recorrido en campaña electoral.







