Los socialistas podrían fortalecer su centralidad como respuesta a la deriva reaccionaria que recorre como un fantasma la geografía española
Los partidos de gobierno no saben cómo relacionarse con la oscuridad magnética de Vox, y lo necesitamos: a mayor influencia de los Pelayos neorrancios, peor para la calidad cívica de la democracia. Un PP en shock ha asumido esa influencia como algo inexorable. Ni puede ni quiere pararla. Los conservadores han ido tramando una tela de araña para llegar a La Moncloa en la que cada vez parecen más atrapados: su obsesión desquiciada por liquidar a Pedro Sánchez, que llega al extremo de contratar a un agitador tan tóxico como Vito Quiles, les va dejando sin proyecto de país y esteriliza el campo de la convivencia, donde crecen las malas hierbas de Santiago Abascal. Es verdad que a los populares esa táctica les está funcionando en la burbuja de la Comunidad de Madrid, donde disponen de poder económico y una mayoría robusta, una líder pop y nacionalista y un proyecto ideológico indistinguibles de Vox, pero en el conjunto de España las dinámicas son distintas.
El PSOE tampoco sabe interpretarlas. Hoy los socialistas aún pueden parar a Vox, pero no quieren: no disponen de un proyecto nacional con vocación mayoritaria.






