La sucesión de temporales ha causado 16 muertes, destrozos millonarios y una sensación de abandono en numerosas localidades que siguen sin electricidad

Desde el mirador de la calzada de Fonte Nova se ven los océanos. El del Atlántico y el del Sado, el río que lleva dos semanas saliendo del cauce y anegando farmacias, restaurantes, supermercados, peluquerías y cualquier otro local de la Ribeirinha de Alcácer do Sal (Portugal). Todos los vecinos tienen grabada la fecha de la última inundación histórica: 1963. Fue menos lejos que la actual. A última hora del miércoles, casi anocheciendo, Ana Maria Lopes Barrela y su hija Celia observan desde el mirador el peligro que amenaza a un coche que alguien aparcó en una zona de riesgo. El agua está subiendo otra vez y el coche parece irremisiblemente condenado. ...

El pueblo lleva dos semanas escrutando el río que ahora parece una prolongación del océano, tratando de intuir alguna señal sobre el fin del diluvio. “No tenemos bancos ni dentistas. Si necesitamos ir a la farmacia, tenemos que desplazarnos a Grândola”, lamenta Celia Barrela. Ni ella ni su madre han sufrido pérdidas materiales por vivir en la zona alta de Alcácer do Sal, una localidad de unos 9.000 habitantes ubicada en el litoral alentejano. Ellas han tenido suerte, pero este invierno pasará a la historia de cientos de familias porque será el de volver a empezar.