Un estudio de Fedea destaca el papel crucial de los trabajadores foráneos en el crecimiento, pero alerta de que no será suficiente sin mejoras en la productividad

La fuerte llegada de migrantes a España registrada en los últimos años tiene dos claros beneficios en el plano demográfico y laboral: ha rejuvenecido la población del país e incrementado las tasas de empleo y participación. Un cóctel que ha permitido contener el impacto negativo del envejecimiento sobre el mercado laboral y el crecimiento en general. Sin inmigración, la reducción de la población en edad de trabajar habría sido mucho más acusada, en concreto más del doble que la finalmente registrada entre el año 2000 y 2019. En esas dos décadas, el llamado dividendo demográfico, un concepto clave para determinar el potencial de crecimiento económico, se redujo en 4,6 puntos porcentuales en lugar de 7,8 puntos, la caída que se hubiera registrado sin contar con los flujos de trabajadores foráneos.

En resumen, la inmigración no ha sido suficiente para revertir del todo el impacto negativo del envejecimiento, pero ha mitigado en cerca de un 60% el deterioro del dividendo demográfico, un parámetro que indica el impulso a la productividad económica que se genera en un país cuando la población activa aumenta más que la general, actuando como motor de crecimiento. Esta es una de las conclusiones del estudio Inmigración, Envejecimiento y Dividendo Demográfico: El caso de España en perspectiva, publicado este miércoles por el centro de estudios Fedea y firmado por el subdirector del organismo, Ignacio Conde-Ruiz, y los economistas Clara I. González y Miguel Díaz-Salazar.