Este bolígrafo ha hecho historia en las cocinas de todo el mundo. Y no por la nostalgia ni por la cultura pop, sino porque funciona

Está en cámaras frigoríficas, en estanterías metálicas, en mesas de pase y en los bolsillos de los cocineros. No es un objeto llamativo ni especialmente sofisticado, ni fue pensado para ese entorno, pero su uso se ha vuelto tan habitual que cuesta imaginar una cocina contemporánea sin uno.

Su historia es peculiar. Nació en 1964 como el primer marcador de punta fina capaz de escribir sobre superficies de plástico, metal, vidrio, cartón y casi cualquier otra. Frente a otros rotuladores que se borraban, corrían o se desvanecían, el Sharpie prometía algo sencillo, pero ambicioso: permanencia. Durante décadas, esa cualidad lo convirtió en una herramienta práctica para oficinas, almacenes y entornos industriales.

En los años noventa dio el salto a la cultura popular gracias a la fiebre del autógrafo. Tanto coleccionistas de rúbricas como famosos los llevaban encima esperando su momento para convertir cualquier camiseta, póster o balón en un recuerdo valioso. Esa capacidad de escribir sobre objetos curvos lo vinculó pronto con el deporte. Patrocinó a jugadores de golf como Arnold Palmer y protagonizó momentos ya míticos, como la celebración de Terrell Owens que en 2002, tras anotar un touchdown, sacó un rotulador de esta marca del calcetín para firmar el balón antes de lanzarlo al público. Esa unión con el deporte llevó a la marca a dar nombre a una de las carreras más exigentes de la NASCAR: la Sharpie 500.