Las principales empresas tecnológicas apuestan por métodos de identificación alternativos como las ‘passkeys’, más seguras y complicadas de robar
Durante décadas, las contraseñas han sido el principal punto de acceso a casi todo en nuestra vida digital: desde el correo electrónico hasta las cuentas bancarias, hemos confiado en combinaciones de letras, números y símbolos que, en muchos casos, nos cuesta recordar —y que reutilizamos, aunque los expertos en ciberseguridad repitan hasta la saciedad que no es recomendable hacerlo—. Sin embargo, desde hace tiempo se observa una tendencia clara que nos aleja de este sistema y nos acerca a otros métodos de identificación más seguros, más cómodos y más resistentes a los ataques habituales.
Uno de los principales motivos por los que las grandes empresas tecnológicas —e incluso los gobiernos— están impulsando este cambio es que las contraseñas tradicionales resultan especialmente vulnerables a los ataques de phishing, es decir, aquellos en los que un atacante engaña al usuario para que entregue su clave a un impostor. A esto se suma el hecho de que las contraseñas suelen reutilizarse en múltiples servicios, lo que amplifica el riesgo cuando una sola se ve comprometida, y que con frecuencia se olvidan, dando lugar a procesos de recuperación de cuenta que no siempre son todo lo seguros que deberían.






