El joven suizo Franjo von Allmen se impone en la primera prueba de la cita olímpica por delante de dos italianos que dejan sin podio al mejor esquiador de la década

Son los Juegos de Invierno. Siete sedes que son un universo. De Livigno a Bormio, en los Alpes profundos de la Valtellina, hay 39 kilómetros y un mundo. En Livigno hay un parque de atracciones y está Nora Cornell, una gerundense de 20 años, que disfruta tanto en un skatepark en la costa brava adolescente en el que se cruza un día con Queralt Castellet, como enfrentada al tobogán del big air en el snow park con su tabla (debuta el domingo en la calificación), sus acrobacias, sacacorchos y mortales, y sus sueños, banda sonora de Bad Bunny y C Tangana, en las nubes, y una cadenita de plata en el cuello con un crucifijo. Pura diversión y hip hop.

Una niña tierna y los lobos de Bormio, hombretones puro músculo, algunos con barba de leñador, otros repulidos, todos tremendos que acampan a la sombra del Stelvio, que en ciclismo es 48 curvas a corazón abierto, sol pleno en el Giro de mayo, qué valle, dijo Indurain, sudando como un loco en 1994, y deshidratándose, hasta 2.748 metros, y en esquí es una ladera tétrica en invierno, sombras heladoras al mediodía ya lanzadas desde el Ortles, campo de batalla del imperio austrohúngaro, que los austriacos más cariñosos describen como una pista de patinaje en vertical —un descenso casi recto de 1.010 metros al 31% de media, y un pico del 63%—, y los más poetas que, pesimistas como Thomas Bernhard, que del Stelvio escribió, solo encuentran motivo de comparación en las eses onduladas de la lengua de un diablo que penetra desde el bosque de la montaña hasta el pueblo de Bormio. Después de Rusia, Corea y Pekín, el esquí olímpico regresa a terreno conocido, a los Alpes, corazón de la Copa del Mundo. Y los más grandes se congratulan. Una ladera mítica, al fin, para llevarse a la boca.