El futbolista ya no cabe en ninguna casa, en ningún vestuario y en ninguna liga que no haya sido diseñada a su medida

La naturaleza de los problemas que parecen agobiar a Cristiano Ronaldo en los últimos tiempos la resumió muy bien su actual pareja en la primera temporada de Yo soy Georgina. “Estos muebles son demasiado grandes y no caben en cualquier casa: no puedo poner esto en Wallapop”, se lamentaba la española en plena reforma de la casa que el futbolista tiene en una exclusiva urbanización madrileña. Los cuentos de hadas se enfrentan a los mismos problemas que las v...

idas más corrientes, al menos desde su punto de vista, y así es como suele comenzar cualquier travesía emocional en el siempre pantanoso terreno de las cristianadas. “Es una persona como tú o como yo”, nos explicaba Georgina antes de perder cobertura. “¡Siempre con el wifi de los cojones, cuatro routers en casa para esto!”.

Las cristianadas, como la energía, no se crean ni se destruyen: se transforman. Siempre han estado ahí, aunque en sus días más gloriosos como futbolista aparecían difuminadas entre tanto talento. En no pocas ocasiones le vimos desesperarse ante el gol de un compañero, como si los tantos que no llevan su firma no subieran al marcador, y en los últimos años no ha hecho más que redoblar su apuesta por esa concepción monoteísta del fútbol. Espoleado por la pleitesía —interesada, pero pleitesía— que parecen rendirle los mandamases de la Liga Profesional Saudí, las cristianadas ya no se circunscriben tan solo al ámbito del terreno de juego, ni siquiera al de su propio club, sino que se extienden al ecosistema global del campeonato. Este mismo lunes, disconforme con el fichaje de Karim Benzema por Al Hilal, el portugués exportaba a Oriente Medio su particular versión del derecho a la huelga y se negaba a jugar contra el Al Riyadh, una nueva conquista en su cruzada unipersonal contra todo lo que no sean los intereses de la nación soberana de Cristiano Ronaldo.