En el país asiático, las mujeres transgénero gozan de alta visibilidad en la calle y los medios de comunicación. Mientras, sus élites políticas siguen siendo muy conservadoras, una contradicción que muestra la enorme brecha entre el poder legislativo y la gente corriente

La vida de Harper Viteri ha sido una continua transición. Hace 33 años nació en Marruecos de madre filipina y padre marroquí. Sus padres se habían conocido en Arabia Saudí y, tras concebir a Viteri, abandonaron el país. Cuando tenía siete años se mudó con su madre a Mindanao, al sur de Filipinas. Siendo hija de una unión ilegítima (la madre había emigrado, pero tenía marido e hijos en Mindanao), fue entregada en adopción a una familia pudiente que le dio su apellido actual. Con ellos alcanzó la estabilidad geográfica y familiar y empezó la lenta transformación de Harper —que nació hombre y fue llamado Jamil— hacia el pleno reencuentro con su condición femenina.

Sentada en su apartamento de Bonifacio Global City (un oasis de pulcritud en el caos de Manila), Viteri cuenta que a los ocho o nueve años comenzó a “tener conciencia de haber nacido en el cuerpo equivocado”. De aquella época conserva las primeras fotos vestida como chica. “Incluso me ponía una toalla en la cabeza a modo de melena”, recuerda. Con 16 años empezó a hormonarse y a dejarse el pelo largo, pero antes y después caminó hacia algo que, para ella, va más allá de lo físico: ser mujer.