Aunque pueden aportar tranquilidad a los padres, las tecnologías de geolocalización no sustituyen al aprendizaje de la responsabilidad personal ni garantizan por sí mismas una seguridad real
El rastreo de niños y adolescentes mediante herramientas de geolocalización para conocer en todo momento su paradero se ha vuelto una práctica muy común entre los padres. Una necesidad tan imperiosa que muchos no dudan en reconocer que precisamente eso, la posibilidad de tener localizados a sus hijos, es uno de los principales motivos por los que se deciden a comprarles el primer móvil. Así lo apuntó el 63% de las familias que participó en una encuesta realizada por la empresa S2Grupo, especializada en ciberseguridad y ciberinteligencia. “Una vez que se dispone de la tecnología, resulta difícil no utilizarla. Saber dónde están los hijos y poder comunicarse con ellos aporta tranquilidad y una sensación de control”, reflexiona la psicóloga Iris Pérez-Bonaventura.
Sin embargo, la también autora, entre otros libros, de ¡Hola, Autoestima! (B de block, 2024) alerta de que esta posibilidad tiene una doble cara: aunque puede aumentar la percepción de seguridad, un uso constante puede derivar en una dependencia excesiva de los dispositivos digitales y de la propia vigilancia. Y, en última instancia, puede provocar que los menores interioricen la idea de que no son capaces de manejarse solos o de que el mundo es demasiado peligroso sin una vigilancia constante, lo que, “lejos de reforzar la seguridad, puede debilitar su confianza y su capacidad para enfrentarse a los retos por sí mismos”.







