Me asquean las tragaderas de nuestra sociedad hasta hace tan poco. Cuánto hemos aguantado a estos cochinos
Algo después de la pandemia, mi amiga y estupenda escritora Claudia Piñeiro me empezó a enviar unos memes que circulaban bastante en su país, Argentina. Resulta que cada año, al llegar al mes de julio, la gente se intercambiaba bobadas con la imagen de Julio Iglesias y un texto de doble sentido, como, por ejemplo, una foto del cantante con la cara hinchada y abajo la leyenda: Preocupa la inflación de Julio. O un retrato de Iglesias chillando y la frase: EsTres de Julio. Unas tontadas, en fin, rematadamente tontas y, por ello, muy divertidas, sobre todo si cada día del mes te llegaba alguna, a cuál más delirante. Sospecho que el próximo verano (o invierno allá) esta broma estacional bajará bastante, porque un humor tan blanco e inocente no casa bien con la siniestra sombra de las recientes noticias.
Cuento esto porque creo que revela el lugar que ocupaba Julio Iglesias en el imaginario colectivo: para unos, el gran cantante melódico internacional; para otros, un blandiblup bastante insoportable. Pero, en cualquier caso, lo amaras o lo odiaras, un personaje tan extremo que parecía irreal, tan galán, tan romántico, tan moreno Copacabana, tan ligón machote, tan de perfil siempre. Quiero decir que era una caricatura de fama mundial, y por eso se prestaba muy bien a los memes. Y a las muchas parodias que le han hecho una infinidad de humoristas. Ay, Hulio, Hulio, qué gracioso era Hulio.






