El equipo de Mourinho abrasa con su intensidad al equipo de Arbeloa, que no encuentra respuesta a la tormenta de los portugueses y se ve obligado a una ronda extra en febrero

El estadio Da Luz de Lisboa, tal vez el lugar más mágico de la historia del Real Madrid reciente, perdió buena parte de su encantamiento cuando allí se levantó ante ellos José Mourinho, el entrenador que había pilotado los años que desembocaron en aquella final de la Champions contra el Atlético, la del gol de Ramos en el minuto 94. Su Benfica abrasó al Real con el fuego que a veces consigue prender en sus equipos y los portugueses dejaron fuera de los ocho primeros a su pupilo, Arbeloa, obligado a una ronda extra contra el Bodo Glimt, o tal vez de nuevo contra el Benfica.

Derritió al Madrid hasta desquiciarlo y dejarlo con nueve jugadores por las expulsiones de Asencio y Rodrygo. Y llevó el éxtasis incluso más allá que aquella noche memorable de mayo. Aún más allá del 94. Porque en el 98 Trubin, el portero, marcó de cabeza el cuarto y además de sacar al Real del top 8, rescató al Benfica para colarlo en el puesto 24 y permitirle seguir compitiendo.

El Madrid se encontró enfrente al viejo Mou con una de sus creaciones más redondas, un equipo entregado a su plan, bailando su música bajo la tormenta: paciente en defensa, ordenado, intenso, agresivo y vertical, como en caída libre, para enfilar hacia Courtois. Para Arbeloa, discípulo destacado del portugués, el soniquete debió de sonarle familiar, y pese a todo a su equipo le resultaba indescifrable.