En una sincera y larga charla en un ‘podcast’, Emma Heming Willis ha contado que separar a su marido de sus hijas pequeñas para que reciba los cuidados que necesita en otra casa ha sido una de sus decisiones más difíciles
La red de apoyo de Bruce Willis está formada por su esposa, Emma Heming Willis, su exesposa, Demi Moore, y sus cinco hijas; son sus máximas defensoras pero, también, su única voz. Hace ya cuatro años que el actor fue diagnosticado con afasia, y más de tres con demencia frontotemporal. Durante este tiempo, ellas se han convertido en sus cuidadoras, defensoras y portavoces. Y ahora su esposa ha contado un dato que hasta el momento no había desvelado: que el actor no sabe que está enfermo ni que tiene demencia. Además, también ha sido clara y sincera sobre cómo ha recibido las críticas acerca de su forma de cuidar a su marido.
Heming Willis se ha sentado a hablar en el podcast Conversations with Cam, donde ha explicado cómo se encuentra su marido, junto al que lleva casi 20 años. En la charla, la exmodelo y autora ha contado cómo vivieron los primeros pasos de la enfermedad. Ha relatado que hace unos años empezó a ver unos cambios de comportamiento considerables en su marido, lo que le hizo, durante un tiempo, llegar a considerar incluso el divorcio —algo que ya contaba en su libro, The unexpected journey (El viaje inesperado), una guía sobre el cuidado de personas dependientes publicada el pasado verano—, al no entender qué ocurría. En la charla ha contado que empezó a fallar la comunicación y se distanciaron en cosas con las que hasta entonces estaban alineados. “Cuando Bruce fue diagnosticado, lo fue con un tipo de demencia que afecta al lenguaje. Y era ahí donde estaban nuestros huecos. Había falta de comunicación, malentendidos... Era muy raro, pero nunca pensé que serían síntomas de demencia temprana, ni siquiera había oído hablar de ella. No podía conectar los puntos. Aprendí que la demencia no grita, susurra”, explica, contando que conoce más matrimonios y familias que han pasado por ello y que se tarda una media de tres años en tener un diagnóstico.









