La pensadora recurre a figuras en los márgenes —migrantes, mujeres, minorías— para señalar las carencias de nuestras democracias

Un dato inesperado de la filósofa Seyla Benhabib (Estambul, 1950), galardonada en diciembre con el prestigioso premio alemán Hannah Arendt de pensamiento político: forma parte de la diáspora zamorana. Como explica en el libro Dignity in Adversity (dignidad en la adversidad, sin publicar al español), su “ancestro más antiguo conocido” se llamaba Jacob Ibn Habib, rabino de Zamora durante la segunda mitad del siglo XV. Ib...

n Habib nació y vivió en esta ciudad castellana hasta que el edicto de expulsión de los judíos de 1492 lo obligó a exiliarse, primero a Portugal y después a Salónica, donde pudo establecerse y llevar a cabo su reconocida obra de recopilación talmúdica Ein Yaakov. Siglos más tarde, los descendientes de Ibn Habib se vieron obligados a exiliarse nuevamente. Esta vez, cuenta Benhabib, encontraron refugio, “como miles en aquel periodo,” en el Imperio Otomano.

Esta historia familiar le sirve a Benhabib para explicar una anécdota personal reveladora: una semana después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, entró con su hija a una sede de la Cruz Roja cerca de su casa en New Haven, Connecticut. Quería donar sangre. Pero cuando dio su nombre, la enfermera se congeló. ¿No era Habib un nombre árabe? —debió pensar en ese momento—. Un gesto de solidaridad con las víctimas y los equipos de emergencia se vio así cuestionado por el estereotipo que, tras el 11-S, se propagó en Estados Unidos sobre árabes, musulmanes y personas de Oriente Próximo. “La irrupción del islam político en la política mundial tras el 11-S” —escribe— “ha lanzado al debate teórico y político aspectos de mi biografía que hasta entonces había considerado de importancia meramente privada”.