“Un 20 de noviembre supe que, quizá y poco a poco, las puertas de España iban, por fin, a abrirse para los de fuera y para los de dentro”. María Casares, la mujer que pronunció estas palabras, era de “las de fuera”. Tuvo que exiliarse siendo apenas una niña. Llegó a París un día antes de cumplir los 14. Cuatro décadas después, el 23 de noviembre de 1976, María recordó aquel pensamiento sobre un futuro esperanzador en Madrid, ante un auditorio abarrotado de gente reunida para homenajearla. En sus cuatro décadas de ausencia, la niña gallega se había convertido en la gran dama del teatro francés. Y el teatro la trajo de vuelta a España para protagonizar El adefesio, la obra que Rafael Alberti escribió en su exilio argentino para Margarita Xirgu. Dos más de “los de fuera”.

En sus memorias, María Casares cuenta que al conocer la muerte de Franco se puso a llorar. Con suavidad primero. Como un torrente después. Sin pensar ni sentir nada. Sin dejar de llorar. Quizás lloraba el desarraigo de la niña arrebatada de su infancia. A su familia, separada por la guerra. La muerte prematura en el exilio de su madre, Gloria Pérez. El lento apagar de su padre, Santiago Casares Quiroga, uno de los políticos más destacados del primer tercio del siglo XX. Y de los más olvidados. O peor recordados. El secuestro de su hermana Esther y de su sobrina, que por azar fueron las únicas Casares en la retaguardia rebelde en julio del 36, lo que las convirtió en las rehenes perfectas. Sin un cargo en contra, Esther sufrió persecución, cárcel, libertad vigilada, repudio social y 19 años de retención de pasaporte, con su apellido como único delito. Pese a los intentos desesperados de la familia por recuperarla antes de la muerte de Casares, cuando pudo abandonar España llevaba cinco años muerto. Una tragedia familiar y cuatro décadas de dictadura resumidas en aquellas lágrimas que sintetizan miles de historias.