Mark Carney, el primer ministro canadiense, pidió en Davos que las potencias medianas actúen juntas; el antiguo orden no volverá

Mark Carney tiene 60 años, ha tenido tres nacionalidades (canadiense, británica e irlandesa), ha dirigido la política monetaria de dos países distintos y es actualmente primer ministro de Canadá, casi por casualidad. Según muchos de los asistentes al Foro de Davos esta semana en Suiza, es la persona que más atracción ha suscitado y que mejores ideas ha aportado. En resumen, ha defendido que las potencias medianas pueden competir entre ellas para ganarse el favor de las grandes, competir por ser las más complacientes, lo que significa fingir que se es soberano, pero aceptar la subordinación; o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. Carney quiere empujar a esas potencias medianas a desarrollar sus fortalezas nacionales, pero a unirse en defensa de valores comunes imprescindibles. Ser pragmáticos, caso a caso.

Carney ha sido siempre un personaje peculiar. Nacido en los territorios del norte de Canadá, fue gobernador del banco de su país, pero también, después y durante siete años, gobernador de la Vieja Dama, que es como se llamó durante mucho tiempo al Banco de Inglaterra. De aquellos momentos se recuerda la enorme bronca que echó a las grandes aseguradoras británicas por su inacción en todo lo relativo con el cambio climático. “Ya estamos viendo cómo los costos de los seguros se disparan para terrenos y estructuras en áreas donde el bioma está cambiando, exponiéndolos a nuevos riesgos como incendios forestales, huracanes o erosión costera”, les explicó. “Y ustedes no hacen nada”.