El nuevo técnico del Real Madrid, que insiste en la necesidad de buscar a Vinicius, valora la seriedad de sus jugadores
Cuando el defensa del Villarreal Juan Foyth se rompió a la media hora, en el Madrid se organizaron varios congresos sobre el césped. Todos charlaban con todos sobre cómo quebrar el dispositivo defensivo amarillo. Bellingham y Mastantuono, inseparables en sus confesiones cuando salieron a inspeccionar el campo una hora antes del encuentro, debatían qué hacer. Hasta ese momento, los blancos apenas habían fabricado un par de intentos de Güler. Pese a ser un equipo más gremial, el gran avance de la noche blanca, se trataba todavía de otro día con dificultades para fabricar ocasiones claras. Y, a diferencia del martes, sin las carreras para presionar de Mbappé, que contra el Mónaco bajó como nunca a recuperar varios balones hasta la defensa y en Vila-real volvió a su ser, a flotar en la punta como un cocodrilo, a la espera de una pelota clara.
El delantero francés, después de su derroche de sudor en Champions y en un Bernabéu que venía de una bronca histórica a sus jugadores, recuperó sus movimientos sigilosos. El hombre orbitaba en el centro del ataque, sin grandes esfuerzos, atento a que alguna presa se despistara en mitad del río. Y ese fue Pape Gueye, que no acertó a despejar tras una buena jugada de Vinicius. Un balón suelto y zas: gol número 34 en 28 partidos. En Liga, en sus 20 choques solo se ha quedado seco en cuatro. En el tramo final se le escapó el segundo en un mal control, pero en el descuento se fabricó el penalti del 0-2 a lo Panenka.






