Mientras pedaleo recuerdo las ciudades que he visitado y al final algunos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria
A estas alturas de la vida hago ejercicio en la bicicleta estática durante media hora al día. Con ella puedo escalar valles y montañas, atravesar desiertos, cruzar los puentes de todos los ríos del planeta. Mientras pedaleo a veces trato de recordar los países y las ciudades que he visitado y al final algunos de aquellos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.
¿Qué era París? Estar orgulloso de que Roger Cazes, el dueño soberano de la Brasserie de Lipp, que seleccionaba a sus clientes con mucho rigor, gracias al común amigo el gran periodista Feliciano Fidalgo, corresponsal de EL PAÍS, me diera la mesa en la que poco antes se habían sentado Mitterrand, Yves Montand y Jeanne Moreau, gente así, según me decía. París también consistía en comerse uno de los huevos duros que había en los cuencos de los veladores del Café de Flore y pensar que Camus, Sartre o Picasso pudieron haber hecho lo mismo; o leer con la emoción de un paleto advenedizo los nombres de Apollinaire, Gide, Samuel Beckett en las mesas de la Closerie des Lilas.






