El investigador explora en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’, los entresijos de la memoria, cómo se construye el recuerdo y qué nos define como especie
Hay un poema profundamente soldado en la memoria del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años). Son unos versos del escritor argentino Hilario Ascasubi que aprendió cuando tenía 12 años, mientras desayunaba una tostada y un chocolate en su casa antes de ir a clase: “Mi madre me quería matar porque no me lo había estudiado para el colegio… Y fue una situación de tanto estrés, porque me iban a poner un cero, que me lo aprendí y me quedó hasta hoy”, cuenta entre risas.
Los recuerdos son caprichosos, volátiles, maleables. Pero son nosotros, reivindica Quian Quiroga, que es coordinador del programa de investigación Mecanismos neuronales de la percepción y la memoria del Hospital del Mar Research Institut (IMIM): “Si a mí me reemplazan un brazo, voy a seguir siendo yo. Si me trasplantan el corazón, también. Pero si me trasplantasen el cerebro, no voy a ser yo, va a ser la otra persona con mi cuerpo. Claramente, la identidad viene ligada al cerebro, a los pensamientos y, en particular, a la memoria”.
De todo eso —y de Aristóteles, Borges, Maradona o de una falsa pelota naranja que habita en su recuerdo— escribe el neurocientífico en su nuevo libro, que llega a las librerías el 28 de enero: en La máquina del olvido (Ariel), Quian Quiroga explora los entresijos de la memoria, cómo se construye y hasta qué punto esa capacidad nos define como humanos.






