La ópera prima de Isaiah Saxon convence con un imaginario que fagocita y reivindica las películas juveniles de los ochenta

El langur chato dorado es un mono de China que se caracteriza por su morro azul. Este curioso animal es la principal inspiración para los Ochi, las criaturas raras y mágicas de la ópera prima de Isaiah Saxon. Con sus colmillos de vampiro y un lenguaje parecido al de los delfines, estos personajes centran La leyenda de Ochi, una película familiar de aventuras en la que otra vez resuena el cine juvenil de los ochenta, pero con un imaginario propio que supone una alternativa —junto al estreno de Arco— al poco estimulante cine familiar actual. ...

Saxon nos sitúa en un lugar ficticio, una aldea en la isla de Carpatia, donde una niña (Yuri) vive bajo la custodia de su padre (interpretado por Willem Dafoe), un tipo asilvestrado que se viste con una armadura de militar romano mientras entrena a una cuadrilla de muchachos para capturar los peligrosos Ochi. Un día, Yuri rescata a un bebé Ochi herido y a partir de ahí se desata la peripecia y un drama familiar extraño y sorprendente con la madre de la niña, en la piel de Emily Watson, como principal eje emocional.

La comparación con E. T. es tan obvia como inevitable. El homenaje es explícito, en la música, en la infancia solitaria, en la amistad criatura-niña. Un vínculo casi calcado, aunque sea con una oruga azul de por medio. Aquí la protagonista es una niña que se siente huérfana por la ausencia de su madre y que vuelca el vacío de su familia disfuncional en el (adictivo) bebé Ochi que se cruza en su camino. Un bebé cuyas orejas y ojos de Baby Yoda le hacen el principal heredero de ese cine juvenil sentimental inventado por Spielberg y George Lucas. El Ochi es el otro, ese enemigo que enseñará a la niña y a sus padres que existen valores más allá del rencor y el miedo.