“Sé de dónde vienen los pitos, las campañas: a mí no me van a engañar”, dijo el nuevo entrenador del Madrid tras la gran pitada del pasado sábado. El que protesta ya no es un romántico o un aficionado descontento, sino que el ataque se coordina desde un centro de mando oculto como en las películas de James Bond
Fue en los primeros meses de José Mourinho al frente del Real Madrid cuando se acuñó el término pipero (dícese del madridista, o supuesto madridista, que acude al estadio Santiago Bernabéu a verlas venir, esto es, a comer pipas) y no parece casualidad que la llegada de Álvaro Arbeloa haya revitalizado el debate sobre los hinchas fetén y los débiles de espíritu, a quienes el mismísimo Jesucristo prometió el reino de los cielos en sus bienaventuranzas, pero sin aclarar su posición dentro del organigrama de la nueva iglesia blanca, al menos en esta vida.
El sino de los tiempos aconseja el uso de nueva terminología, más técnica, más vanguardista, y al viejo pipero se le conoce ahora como aficionado teledirigido. Atrás quedaron las referencias hacia el snack de moda en los estadios para abrazar el uso de las nuevas tecnologías, también en sentido figurado, pues había en el pipero un cierto halo de bondad que ahora conviene borrar del mapa para comprender el alcance global de las nuevas amenazas. “Sé de dónde vienen los pitos, las campañas: a mí no me van a engañar”, dijo el nuevo entrenador del Madrid en la rueda de prensa posterior a la gran pitada del pasado sábado. El que protesta ya no es un romántico, ni siquiera un aficionado descontento con alguna situación puntual: el ataque se coordina desde un centro de mando oculto en los Alpes suizos, o en la calle Recoletos, con sus Lounge Chair de Eames y la mesa llena de copas Martini, como en las películas de James Bond.






