El silencio se ha roto con gritos de allegados de los cuatro familiares que regresaban a Huelva en el Alvia
El dolor ha empezado a tomar forma con el traslado paulatino de los féretros con los restos de las víctimas del accidente de trenes en Adamuz a los municipios de Huelva a donde se dirigían el pasado domingo y a donde nunca llegaron. Al filo de las 10 de la noche, en medio de una noche tan destemplada como el ánimo de un millar de familiares, amigos y vecinos que llevaban horas aguardando a las puertas del pabellón municipal de Aljaraque (22.737 habitantes), llegaban los cuatro cuerpos de la familia Zamorano Álvarez, uno de los reflejos más amargos de la tragedia ferroviaria.
El silencio, apenas interrumpido por el sollozo contenido de los familiares y amigos del pequeño Pepe que aguardaban en la parte trasera del pabellón para portar los féretros, se ha roto casi de inmediato por los gritos desgarrados e inconsolables de quienes habían hecho el trayecto con ellos desde Córdoba, al entrar dentro del polideportivo.
“Esto está siendo muy largo y triste”, cuenta un compañero de colegio de Pepe Zamorano, el patriarca de la familia, que junto a su mujer Carmen Álvarez, su hijo Pepe de 12 años y su sobrino Félix de 22, perdieron la vida a bordo del Alvia. El drama se torna más insondable porque junto a ellos viajaba su hija de seis años, que salió por su propio pie del vagón siniestrado. Un milagro que no ha podido mitigar el desconsuelo de los suyos esta noche.










