Julio Rodríguez recibió la enhorabuena de los Reyes por su apoyo en el siniestro de Adamuz

Una de las caras más populares de la tragedia de Adamuz será ya para siempre la de Julio Rodríguez, el chaval de 16 años que el domingo dejó la caña de pescar y se internó en la oscuridad del campo donde se oían los lamentos que salían de los trenes siniestrados antes de que llegaran los equipos de rescate. Su madre no quería que el muchacho viera todo aquello, pero él y un amigo se empeñaron. Su esfuerzo dio resultados y se ha ganado otra de las medallas de héroe que estos días reparten los medios de comunicación en sus páginas. El rey Felipe VI lo felicitó personalmente en su visita al pueblo cordobés y la cara adolescente de Julio salió en las televisiones. “[Los reyes] me han dicho que están orgullosos de mí. Y que mi actitud es la que deberían tener otros adolescentes”, ha contado.

En su canal de Youtube cuenta con 5.000 seguidores y en Instagram tiene 12.000. El perfil de JuilyoCarp es conocido entre los amantes de la pesca porque se le dan bien la caña y el sedal. En las fotos se ve al chico portar siluros inmensos o carpas de colores. El domingo, un día después de cumplir 16 años, pasó la jornada echando el cebo en el pantano de Iznájar. Regresó a su pueblo, junto a su madre, Elisabet Ayllón, de 45 años y su amigo José Cepas, a eso de las ocho de la tarde. Volvían cuando empezaba a oscurecer y las ambulancias aullaban a toda velocidad. Decidieron seguirlas tímidamente, pero las perdieron de vista. Poco después conocieron por Whatsapp el trágico destino de aquellas sirenas y ellos conocían la zona, porque a pocos metros se ubica la charca de Chantal, a la que suelen ir también a pescar. “Yo no quería ir porque me imaginaba lo que podríamos ver allí y no quería que él viviera con esas imágenes”, cuenta la mujer. El chaval y su amigo insistieron y el ímpetu juvenil la terminó de convencer. Llegaron junto a otros vecinos, caminaron con las luces de sus teléfonos móviles entre la oscuridad y alcanzaron la estación técnica de Adif. No sabían qué hacer, cómo reaccionar, a quién ayudar. Pronto atendieron a varias personas, confusas, que les contaron lo que había pasado. Alguien avisó entonces de que había otro tren en peores condiciones y los dos muchachos enfilaron corriendo hacia allí. Su madre llegó después, porque ayudó a transportar una camilla de un sanitario cuyas ruedas no avanzaban entre el balasto de las vías.