El vecino trasladó durante seis horas con su vehículo todoterreno a rescatadores y heridos entre los dos convoyes accidentados en Córdoba

Poco después de las nueve de la mañana del lunes, a Gonzalo Sánchez, de 43 años, aún le temblaban las piernas. Acababa de tomar dos café solos descafeinados y con hielo en uno de los bares de Adamuz, como hace cada día antes de recorrer el pueblo para vender cupones. Esta vez el empleado de la ONCE había olvidado por completo repartir suerte porque su cabeza aún seguía en el amasijo de hierros que vio durante la noche del domingo tras ser una de las primeras personas en llegar al accidente ferroviario a las afueras de su pueblo.

“Hay imágenes que prefiero no contar y no voy a olvidar jamás en mi vida”, explicaba, visiblemente emocionado y sin ser del todo consciente ni de lo que había hecho. Tampoco de lo que se le vendría encima cuando parara para descansar. No lo había hecho desde que pasó seis horas transportando a heridos, sanitarios y rescatadores con su quad, el único vehículo que podía circular junto a las vías del tren entre los dos convoyes accidentados, separados casi un kilómetro entre sí.

Sánchez estaba en casa cuando supo, a través de los grupos de WhatsApp del pueblo, que un tren había descarrilado. Cogió unas cuantas herramientas, se subió a su vehículo y se trasladó hasta donde le habían dicho que había ocurrido todo. Llegó pronto porque conoce bien el entorno —su familia tiene una finca de olivos en la zona— y fue de los primeros vecinos en alcanzar el lugar. Mientras ayudaba a los primeros viajeros, estos le decían que más adelante había otro tren. Fue una triste sorpresa. “Estaba todo a oscuras y no se veía nada. Nadie se había dado cuenta que allí al fondo había más vagones y gente”, recuerda. Corrió hacia allí, unos 800 metros. Con su barra de uña derribó la valla que impide el acceso a las vías y abrió camino a la Guardia Civil y los bomberos del Consorcio Provincial de Bomberos, procedente de Montoro. Entonces fue consciente del amasijo de hierros, de los gritos, de los cadáveres, de los dos vagones que habían caído por un talud de varios metros. Se le ha quedado la imagen de una persona que le pedía que rescatara a su madre de un vagón que nadie se atrevía a tocar porque podía terminar de volcar. “Avisé entonces de que tenía un quad y que quizá fuese útil en un terreno como ese. Y me dijeron que sí, que lo hiciera”, subraya quien apenas recuerda ese trayecto hasta su casa.