¿Por qué somos incapaces de enmarcar la financiación autonómica en la amenaza de precarización de barrios y pueblos?

Hoy es sábado, en un rato saldremos del piso del Ensanche en el que vivimos para ir a ver el partido de nuestro hijo y tomaremos el metro en dirección contraria a la del curro del día a día. Esta temporada tenemos dificultades para sumar puntos, para qué nos vamos a engañar, pero milagros incluso los hemos visto alguna noche de gloria en Albacete y la semana pasada por fin ganamos tres puntos en nuestro campo que en un tiempo va a desaparecer porque allí se trasladará un gran hospital. El equipo que nos ha tocado este año es un pequeño microcosmos de una de las Barcelona reales, que es más bien acomodada y con pocos problemas materiales. Bastantes compañeros del chaval son hijos de padres extranjeros que han venido aquí a trabajar en multinacionales o pasan parte de la semana trabajando en el extranjero. Son expats de mi edad, camino de los 50 —50, aquí os espero, cabrones—, que llevan a sus hijos a escuelas privadas o concertadas, como nosotros, en las que se imparten las clases en la lengua materna de sus casas: en el vestuario del equipo se habla en español, también inglés o francés, apenas en catalán. Los partidos fuera de casa son otro mundo, otra ciudad, en la que vivimos y desconocemos porque apenas vemos y no la habitamos.