El hotel Neri, asentado sobre dos palacios de los siglos XII y XVI en medio del Barrio Gótico, seduce a visitantes en busca de una experiencia distinta
El Neri es una anomalía en forma de hotel de cinco estrellas. Para empezar, no es un cinco estrellas al uso. Los clientes ni siquiera pueden llegar en coche hasta la puerta. El servicio es casi invisible. La palabra “lujo” parece proscrita entre estas cuatro paredes (esto ya sería en sí mismo un debate: es curioso cómo la industria del lujo, incluidos los medios de comunicación que informan de ella, de un tiempo a esta parte abominan de la palabra “lujo”). En las calles que rodean el hotel a veces huele a ese indefinible aroma que marca la frontera entre las piedras nobles y el alcantarillado de barrio viejo. Las ventanas de su restaurante dan al patio de un colegio y en los recreos no es raro que un crío pegue un balonazo contra una de ellas o que se acerque, aplaste la cara contra el cristal, mire tu plato y recorra sus labios con la lengua como diciendo “¡mmmmm, qué rico!”. Esas cosas no gustan a cualquier cliente de un cinco estrellas. Y sin embargo…
Sin embargo, el Neri es irresistible.
Incrustado en lo que fuera la judería de Barcelona, en el alma del Barrio Gótico —metáfora pura y dura de la gentrificación y la marabunta que invade una ciudad con más de 20 millones de turistas al año—, este conjunto de edificios históricos acoge a visitantes con posibles (entre 300 y 500 euros, según fechas y gama de habitación), estadounidenses, canadienses y franceses en su mayoría, cuyo común denominador parece ser “quiero un hotel buenísimo, pero distinto a los demás hoteles buenísimos”. Quiere esto decir que aquí viene gente sin problemas de presupuesto, pero sí con problemas de inquietud, cultural, vivencial o como se la quiera llamar. Si no, se irían a otros hoteles buenísimos, llenos de camareros, mayordomos, recepcionistas, chóferes y piscinas infinitas. Desde luego, hoteles hasta los que sería posible llegar hasta la puerta en coche.






