El acuerdo de comercio fortalece la presencia europea en Sudamérica y ofrece a Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay una vía de inserción internacional más equilibrada

Celebramos la firma del Acuerdo Interino de Comercio entre la Comisión Europea y el Mercosur este sábado. ¿Es una buena noticia? Sin duda lo es. ¿Podría haber sido mejor? También. Pero en un contexto internacional marcado por la incertidumbre, el conflicto y la fragmentación, que dos regiones decidan ejercer liderazgo y apostar por la cooperación constituye, en sí mismo, un hecho relevante y positivo.

Existen varias razones que fundamentan este optimismo.

En primer lugar, el acuerdo rescata la visión de un orden basado en reglas. Será un espacio de cooperación entre dos regiones que comparten valores esenciales: el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de controversias y la defensa de un orden basado en reglas, y no en la ley del más fuerte. En un mundo donde el comercio se politiza crecientemente y el multilateralismo se debilita, este entendimiento envía una señal significativa, tanto hacia el exterior como hacia el interior de ambas regiones.

En segundo término, el acuerdo tiene una clara dimensión geopolítica. Refuerza la presencia europea en América del Sur en un momento de creciente competencia estratégica entre grandes potencias y, al mismo tiempo, ofrece al Mercosur una vía de inserción internacional más equilibrada, evitando dependencias excesivas y ampliando su margen de autonomía estratégica. Los datos comerciales ilustran esta necesidad de corrección: la participación de la Unión Europea como destino de las exportaciones del Mercosur cayó del 26% a mediados de los años noventa a apenas el 14% en 2024, mientras que su peso como proveedor se redujo del 28% al 18%. Europa no puede seguir perdiendo oportunidades y al Mercosur le conviene diversificar y equilibrar sus vínculos externos.